
He esperado un par de días para digerir lo que ocurrió el pasado lunes. He necesitado tirar de razón y no de corazón para escribir este análisis, porque no hay razón para negar la evidencia de lo que se vio el otro día. El Barcelona demostró que el fútbol total existe. Ya no es por los cinco goles que hizo y la humillación que le propinó a su enemigo más acérrimo, sino por la expresión de su juego y algo que al Madrid le falta: estilo. El Barça ganó desde que salió del túnel de vestuarios , porque en pocos minutos redujo y maniató al que era el líder de la Liga. Condenó a un equipo, en teoría organizado, a atrincherarse en su portería. Y todo fue mérito de Guardiola quien, una vez más, pudo engañar a Mourinho en el Camp Nou y ganarle la contienda táctica con la mejor arma: el mejor amigo del futbolista, el balón.
Pero no hubo ningún síntoma de mejoría. El míster portugués sacó a Lass Diarra con el objetivo de contrarrestar el dominio en la medular, pero Messi no paró de hacer diagonales y de demostrar su mejor repertorio de pases en el segundo tiempo asistiendo desde todos los ángulos. Espectacular el argentino asistiendo a Villa en sus dos goles y brindando otros inverosímiles pases que no terminaron en gol por ajustadas salidas de Iker Casillas o por la omnipresente presencia de Pepe. El Barcelona nunca dio sensación de bajar los brazos y el Real Madrid, en cambio, sí. Perdió los papeles, la imagen de ello se demuestra en el incomprendido Sergio Ramos. Una vergüenza no a la altura de un club como el blanco, pero sí de un equipo destrozado anímicamente y derrotado en el campo.







